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Del “Círculo Obrero de San José” a la sindicalización en los
inicios del peronismo salteño
(From the "Working Circle of San Jose" to the unionization
in the beginnings of peronism in Salta
Michel,
Azucena del Valle
Universidad Nacional de Salta, Consejo de Investigación de la
Universidad Nacional de Salta, Avenida Bolivia 5150, Salta.
Resumen:
El trabajo analiza la influencia de la Iglesia católica en la
formación de los sindicatos católicos de la ciudad de Salta,
su nucleamiento en la Confederación de Trabajadores Cristianos
y su posterior cooptación por la Confederación Gremial
Salteña. Esta última fue consecuencia de la política social
implementada desde la Secretaría de Trabajo y Previsión
durante el gobierno de facto surgido de la Revolución de 1943.
Palabras clave:
Iglesia católica; trabajadores; sindicatos; peronismo.
Key words:
catholic Church; workers; unions; peronism.
Introducción
El proceso de modernización iniciado a fines
del siglo XIX en nuestro país trajo consecuencias en distintos
ámbitos. Una de ellas fueron las condiciones de vida de los
trabajadores, que concitó el interés de las distintas
instituciones del Estado, dirigentes políticos, religiosos y
gremiales. Se observaba una preocupación por los problemas
urbanos y sanitarios generados por la concentración, sobre
todo en la ciudad de Buenos Aires.
La higiene en materia industrial y sanitaria,
la vivienda, el abaratamiento de los alimentos y la educación,
se convirtieron en asuntos centrales de un proyecto cuyo
objetivo era atenuar la conflictividad social y la difusión
de ideas contestatarias, apelando a criterios moralizantes.
Pero la problemática obrera tenía otra dimensión que remitía
al tratamiento político del conflicto social y a la relación
del Estado con el movimiento obrero. Estos aspectos
encontraron su formulación en la denominada “cuestión
social”[1] .
Según Juan Suriano, la política estatal frente a los
trabajadores durante los primeros años del siglo XX estuvo
signada por dos ejes centrales: la represión cuyo objetivo era
aislar y erradicar los elementos contestatarios y la
prevención e integración que trataba de asimilar al conjunto
de los trabajadores al sistema. Esta última impulsada por el
sector más reformista de la elite gobernante, aunque en la
práctica sus resultados fueron muy pobres. De esta manera, el
Estado implementó una política dual que tuvo que ver con el
propósito de garantizar la reproducción del sistema.
En el marco de
un incipiente desarrollo industrial y ante el avance de las
ideologías rechazadas por la Iglesia católica: liberalismo y
socialismo, a partir de los años noventa algunos católicos
tendieron a privilegiar la acción social. El centro de la
organización del laicado católico pasó de la cuestión
educativa a la social, y las experiencias políticas se
mantuvieron en una situación marginal.
La primera
tentativa seria de acercamiento hacia los trabajadores urbanos
por parte de los católicos sociales fue la del Padre Federico
Grote, Este redentorista alemán, al año siguiente de la
publicación de la encíclica Rerum Novarum (1891), fundó
en 1892 en Buenos Aires el primer Círculo de Obreros
inspirado en el movimiento social católico de su país de
nacimiento.
El artículo
primero del estatuto fundador de los Círculos definía su
objetivo principal “defender y
promover el bienestar material y espiritual de la clase obrera
en marcada oposición de la funesta propaganda del socialismo”[2] .
Sus propósitos no sólo eran impedir la difusión de las
doctrinas socialistas y anarquistas entre los trabajadores,
sino también impulsar una acción mutualista para paliar las
urgencias de los asalariados y reclamar al Estado una
legislación laboral.
Los Círculos
pronto se extendieron a otras provincias del país, entre
ellas, Salta. De allí que el presente trabajo se propone
analizar el funcionamiento del “Círculo de Obreros de San
José” y del Centro de la “Juventud Obrera Católica”,
su relación con la jerarquía eclesiástica, su influencia
en la formación de sindicatos católicos y la cooptación de
éstos por el peronismo salteño en sus orígenes.
Algunas características de la provincia de
Salta a fines del siglo XIX.
En este
apartado se esbozará una caracterización de la provincia de
Salta hacia fines del siglo XIX. Marginada del proyecto
agroexportador, su economía se basó fundamentalmente en la
explotación ganadera sobre un modelo latifundista, cuyos
mercados fueron los países limítrofes y las provincias
vecinas. Sólo a partir de las décadas del 20 y 30 tomaron
impulso las industrias: azucarera, petrolera, tabacalera,
maderera y del cemento en el interior de la provincia.
Los dueños de
la economía fueron a la vez los dueños del poder. La provincia
fue gobernada en forma oligárquica, en la que el poder a veces
circuló entre familiares, originando fuertes disputas donde se
mezclaban política y negocios, confundiéndose así, lo público
con lo privado. Tanto conservadores como radicales emplearon
las mismas prácticas políticas; sus dirigentes pertenecían al
mismo grupo social y compartían las mismas costumbres.
Se podría
hablar de una rígida estructura social, con inmigración poco
significativa en una provincia con escaso desarrollo
industrial.
A fines del
siglo XIX todavía seguían vigente las leyes de conchabo, cuya
finalidad era disciplinar la sociedad y mantener una mano de
obra permanente y barata. Estas leyes regían tanto para la
ciudad como para la campaña. La situación de los trabajadores
salteños no era diferente al resto de las provincias. El
Informe de Bialet-Massé sobre el estado de las clases obreras
argentinas a comienzos de siglo (1904) denuncia la forma en
que los mismos eran explotados[3] .
Dos hechos
permiten esbozar algunas características de la relación entre
Iglesia y poder civil en los años previos a la creación del
“Círculo Obrero de San José”: por una parte, el conflicto
entre las autoridades eclesiásticas y civiles con motivo de la
sanción de la Ley 1420 de Educación Común, y por otra, el
nombramiento del nuevo Obispo.
Al conocerse
la aprobación de la ley antes mencionada, el Obispo de Salta,
Fray Buenaventura Rizo Patrón[4]
mediante una Carta Pastoral del 13 de septiembre de 1884
denunciaba que
Existen ya en
algunas ciudades de la diócesis escuelas, cuya dirección y
cuerpo docente están a cargo de protestantes, o que la
enseñanza religiosa no está comprendida en sus programas o que
de hecho, por lo menos, no se enseña el catecismo de la
doctrina cristiana (…) está de manifiesto la existencia de un
propósito deliberado, cuyos fines son la paulatina
descatolización del pueblo, sin renunciarse por cierto a
medios violentos, cuando el caso se presente propicio[5] .
En otra
ocasión manifestó que los “padres
católicos estaban obligados a retirar sus hijos de las
escuelas laicas o que de hecho estuviese excluida la enseñanza
del catecismo”[6] .
Quedaba así planteada la lucha por los espacios de poder.
Sectores católicos rechazan el avance del Estado en materia
educativa.
El Gobernador
de Salta, Coronel Juan N. Solá (1883-1886) alineado con los
postulados establecidos en el orden nacional denunció estos
dichos ante el Ministro de Instrucción Pública y Culto, Dr.
Eduardo Wilde. El presidente Roca no se hizo esperar e
inmediatamente emitió un decreto por el cual suspendió al
Obispo de la administración de su diócesis, separando al mismo
tiempo de sus cargos a los Vicarios Foráneos de Santiago del
Estero y Jujuy. Ante esta medida del gobierno nacional, la
autoridad eclesiástica de Salta recibió el apoyo del Arzobispo
de Buenos y de los Obispos de Córdoba y Paraná.
El conflicto
quedó resuelto con la reglamentación de la Ley 1420 en la
provincia, previo debate en la Legislatura en 1885. El
artículo que había motivado un fuerte debate en el Congreso
Pedagógico de 1882, fue aprobado en Salta por 12 votos contra
11 y establecía que era obligatoria la enseñanza de la
religión católica en las escuelas siendo atributivo de los
niños recibir o no dicha enseñanza.
El resultado
de la votación en la Legislatura provincial expresaba una
situación de tenso equilibrio. Por un solo voto se impuso el
sector que negaba al Estado el derecho a la dirección única y
exclusiva de la educación.
El
nombramiento del nuevo Obispo de Salta fue objeto de problemas
entre las autoridades nacionales y el clero. En dos
oportunidades el presidente Miguel Juárez Celman propuso como
candidato al primero de la terna confeccionada por el Senado
de
la Nación
y en ambos casos fueron rechazados por el Papa León XIII. De
acuerdo a informes solicitados dichos candidatos no reunían el
perfil requerido. Por su parte, el Cabildo Eclesiástico
salteño realizaba gestiones para que fuera nombrado el Vicario
Capitular, Monseñor Pablo Padilla y Bárcena. Este recién fue
propuesto durante la presidencia de Carlos Pellegrini y fue
nombrado en 1893.
Después de
casi nueve años de vacancia, tomó posesión del Obispado de
Salta, Monseñor Pablo Padilla y Bárcena[7] .
Su pensamiento no concordaba con la intromisión del Estado en
cuestiones que hasta entonces eran propias de la Iglesia.
Esto se veía reforzado por las denuncias que hacía el Cabildo
Eclesiástico salteño sobre el debilitamiento de la fe
cristiana y el éxodo de sacerdotes. La falta de religiosos se
atribuía a la persecución ejercida por las autoridades civiles
o a la falta de recursos para mantenerse, debido a que el
Estado cobraba los aranceles que antes eran percibidos por
ellos. Se sostenía que la creciente ola de laicismo y
materialismo tenían como causas principales las leyes
anticatólicas en vigencia[8]
(Ley 1420 y ley de Registro Civil).
El “Círculo
de Obreros de San José”.
Después de la
acción laicizante de los años ochenta, los católicos
comprendieron la necesidad de establecer una organización
sólida que tuviera a la doctrina católica como fundamento de
su propia identidad y como guía, a la Iglesia. En esta
empresa no existía homogeneidad de criterios. Así el padre
Federico Grote, uno de los fundadores del catolicismo social
argentino, era partidario de un modelo de organización en el
que se diferenciara la “acción religiosa” de la “acción
social”.
En la primera
el clero debía desempeñar un papel de conducción y en la
segunda el laicado debía tener una amplia autonomía; de esta
manera, el movimiento católico era concebido como una
“confederación” de iniciativas autónomas. Este modelo buscaba
un compromiso más directo de los católicos con la vida pública
que implicaba la toma de medidas más avanzadas, en especial en
el terreno social. Sin embargo, este criterio no era
compartido por la mayoría de las cúpulas eclesiásticas que
propiciaban un modelo centralizado y jerárquico, que fue en
definitiva el que se impuso[9] .
El 22 de abril
de 1897 se constituyó en la ciudad de Salta el
“Círculo de Obreros de San José”[10] ,
siguiendo el pensamiento del Padre Federico Grote y teniendo
como base doctrinaria la Encíclica Rerum Novarum de León XIII.
Este
importante documento representaba un paso adelante con
respecto a las encíclicas anteriores: a las condenaciones al
Estado liberal y al socialismo, agrega un verdadero programa
de acción social, que propone como solución a los conflictos
de la época[11] .
De acuerdo al
Reglamento, los Círculos de Obreros debían impedir la difusión
entre los trabajadores de las “máximas perniciosas del
socialismo y de la impiedad”, a través de la atención de
la salud, la recreación y de una instrucción sólida y
religiosa.
Para ser socio del Círculo se requería tener
entre 15 y no más de 50 años, poseer una profesión honesta, no
adolecer de ninguna enfermedad crónica, no formar parte de
ninguna sociedad secreta y tener reputación de buena conducta
y honradez. La admisión estaba sujeta a la aprobación por
parte de la Comisión previa presentación por otros socios,
quienes atestiguaban las condiciones expresadas. Entre los
deberes se estipulaba: llevar una vida moral, de lo contrario
eran expulsados; pagar puntualmente las cuotas para tener
acceso a los beneficios; no practicar “juegos peligrosos”;
asistir a las reuniones y conferencias de adoctrinamiento.
Como contrapartida, tenían derechos tales como: asistencia
médica; pensión diaria durante el período de reposo, siempre
que la enfermedad no fuera crónica, contribución para gastos
de entierro y descuentos en los comercios con los cuales el
Círculo tenía convenios[12] .
El Círculo no constituía un sindicato, más bien era una
asociación de carácter mutualista. El gobierno y
administración estaba a cargo de una comisión directiva.
La primera
Comisión Directiva[13]
del “Círculo de Obreros de San José “ se constituyó
así:
Presidente
Honorario: Angel Zerda[14]
Presidente
efectivo: Dr. David Zambrano[15]
Vice-presidente
1ro.: Joaquín Sánchez
Vice-presidente
2do.: Manuel Araoz
Secretario:
José M. Gorriti
Pro
Secretario: Luis Peralta
Tesorero: Hugo
Ziegert
Pro Tesorero:
Madeo Carrasco
Vocales:
Roberto Ritzer, Ramón Sanmillán, Eucarpio Nieva, Juan
Meregaglia y Carlos Macchi.
Directores
Espirituales: Presbíteros: Gregorio Romero y José Petazzi.
Posteriormente se agregaron Comisiones Revisoras de Cuenta y
de Propaganda y Visitadores de Enfermos.
El presidente honorario como el
efectivo pertenecía a “familias tradicionales” y fueron
miembros de la oligarquía salteña. Los cargos menores
estuvieron ocupados por artesanos con apellidos criollos y
algunos extranjeros. Los puestos jerárquicos, en general
fueron desempeñados por profesionales y algunos ligados a la
política, así figuraban: Dr. Darío Arias, Dr. Julio Figueroa,
Cruz F. Medina. Dr. Néstor E. Sylvester, Ingeniero José Alonso
Peralta. La composición social de la Comisión Directiva
revelaba el carácter paternalista y una visión jerarquizada de
la sociedad.
“El Círculo de
Obreros de San José” contaba con una imprenta donde editaba
semanalmente su órgano de difusión: “Democracia”. A
pocos años de iniciada su labor, en 1905, se vio envuelto en
un conflicto a raíz de la publicación de un artículo que con
el título “Músicas y Danzas”, realizaba una feroz crítica a
las costumbres de las “familias tradicionales”, en especial a
los bailes de carnaval que se realizaban en el Club 20 de
Febrero[16] .
Una de las frases que más despertó la indignación de los
aludidos decía:
Atención
que la sala empieza a poblarse. Allí como desterradas en un
gabinete contiguo, la cochera[17] ,
están las ya ancianas madres de familia, colocadas en el punto
y forma conveniente para no ver ni oír la manera con que sus
hijas se exponen a perder la modestia, la honra y el alma[18] .
Alrededor de
300 jóvenes que después sumaron mil, entre ellos ex ministros,
miembros de la magistratura, de las cámaras legislativas,
abogados; todo lo “más selecto”; lo “mejor de la sociedad”;
varios de “guantes blancos”, decidieron el empastelamiento de
la imprenta de “Democracia” como represalia y hacia
allí se dirigieron provocando todo tipo de destrozos,
terminando con una manifestación en la plaza principal. En
este episodio intervino el gobernador de la Provincia Dr.
David Ovejero (1904-1906) y el diputado nacional Dr. Mariano
Ovejero, quienes disuadieron a los manifestantes de no atentar
contra el domicilio de un sacerdote, a quien acusaban ser el
autor del artículo cuestionado.
Los diarios
autotitulados liberales, reprocharon los atropellos pero al
mismo tiempo los justificaron porque “... se ataca a lo más
sagrado del hogar, colocando a nuestras madres, a nuestras
esposas y a nuestras hijas, a la par de esos seres
desgraciados que el destino los arroja con el tiempo a las
masas de anatomía”. La jerarquía eclesiástica local
condenó el atentado y defendió a “Democracia”. Comenzó
así, una dura crítica contra los sacerdotes, a través de la
prensa local y de otras provincias.
Se sostenía
que el clericalismo era oscuridad, intriga, malicia, atraso,
factor de malestar, un peligro para las instituciones, se
acusaba de rechazar el liberalismo y pretender inculcar
principios fanáticos; también se denunció a la Curia
eclesiástica por su imposición en los nombramientos de los
curas párrocos para los departamentos del interior, cuando le
correspondía al gobernador ejercer el derecho del
vicepatronato. A su vez el diario católico de Buenos Aires
“Democracia Cristiana”, aseguraba que los acontecimientos
habían sido obra de la masonería[19] ,
ya que ésta era muy activa en Salta. Por su parte el “Círculo
de Obreros de San José”, con la firma del presidente de la
Comisión Directiva, emitió una severa protesta por los daños
sufridos[20]
y por las aseveraciones del diario “La
Montaña”.
El episodio
relatado no puede ser analizado desde la perspectiva de un
enfrentamiento entre liberales y católicos. Por empezar la
clase dirigente no era atea, por el contrario se declaraban
católicos. Por otro lado, el liberalismo que se adjudicaban,
lo practicaban a su manera, pues en el orden político negaban
la participación del resto de la población a través de
diversos mecanismos, aún después de la sanción de la Ley Sáenz
Peña y en materia económica, la riqueza obtenida no era
repartida igualitariamente. Lo que sí quedaba claro era el
conservadurismo de las costumbres, la defensa de las mismas a
manera de un cuerpo corporativo y el sentirse los más capaces,
los mejores frente a una mayoría que sólo miraba.
El “Círculo de
Obreros de San José”, cumpliendo con sus objetivos desarrolló
una activa difusión de los postulados de
la Encíclica
“Rerum Novarum” a través de conferencias a cargo de los
directores espirituales, de sacerdotes y obispos de la
diócesis salteña y del Padre Federico Grote[21] ,
Los propios
socios realizaban lecturas comentadas y representaciones
teatrales. En las reuniones se abordaban temas como:
“Antecedentes de la Encíclica “Rerum Novarum”; “La Dignidad
Humana”; “Frente al materialismo de la época”; “El Cristo de
los comunistas”; “El Séptimo Mandamiento”; “Conversión de un
socialista” (drama); “Política Rural”; “El Hijo Perdido”
(comedia), etc. Con este tipo de actividades no sólo se
buscaba alejar a los trabajadores del “peligro rojo”, sino
también difundir un discurso moralizador y por otra parte, se
trataba de fomentar la sociabilidad. Es decir, se pretendía
crear vínculos de pertenencia pero con una serie de valores,
normas y creencias a partir del pensamiento de la Iglesia.
La política de
los Círculos de Obreros no era compartida por toda la cúpula
eclesiástica nacional, quien veía con preocupación su
autonomía y trataba de eliminarla. Esto se materializó con el
desplazamiento del Padre Grote de la dirección de los Círculos
(1912), en Buenos Aires, siendo reemplazado por Monseñor
Miguel De Andrea. Progresivamente los Círculos fueron tomando
un carácter confesional, pasando a denominarse “Círculos
Católicos de Obreros” y a depender de la “Federación de
Círculos Católicos de Obreros”. En Salta, también tomó la
denominación de “Círculo Católico de Obreros de San José”.
A pesar de la
oposición del P. Grote, quien expresaba que la reforma de su
nombre no sólo era innecesaria sino también perjudicial para
los Círculos y, sobre todo, porque su acción se encontraba
“perfectamente ajustada a las normas de la acción católica, de
la cual forma parte integrante y (...) a las normas de la
acción social cristiana (...) trazadas por la Santa
Sede”[22] .
Dentro de
la Iglesia
nacional terminó por imponerse la corriente partidaria de una
organización rígidamente jerárquica y clerical.
El reglamento
de los Círculos fue modificado en el año 1916. Allí se
explicitó que su fin era “defender y
promover el bienestar material y espiritual de la clase
obrera, sobre la base de los principios de la economía social
cristiana”[23] .
Para su concreción se proponía la creación de agencias de
trabajo; el dictado de conferencias sobre temas científicos,
morales y religiosos; la celebración de congresos de obreros y
la formación de gremios profesionales, entre otros.
La figura
principal del catolicismo social a nivel nacional, desde los
años veinte, fue monseñor De Andrea. El ideal de organización
social de De Andrea era un corporativismo democrático, fórmula
que buscaba ordenar la sociedad en grupos de interés evitando
recetas políticas autoritarias. Seguidor de los postulados de
la doctrina social de la Iglesia, era profundamente
anticomunista y antiliberal. Con él se impuso la idea de
construir un sindicalismo confesional explícito. Esta postura
fue avalada por los sectores más conservadores del catolicismo
y por la jerarquía en general[24] .
El
discurso de De Andrea se fue transformando durante los años
treinta. Ante la proliferación de las ideas antiliberales
autoritarias, asumió la defensa de la libertad política, que
era atacada por los católicos nacionalistas. La Segunda Guerra
Mundial mostró la oposición: democracia-autoritarismo; es
entonces cuando De Andrea se convirtió en el sostenedor de la
causa democrática y esta actitud lo acercó a los liberales; al
mismo tiempo que se pronunció contra las corrientes
autoritarias dentro del catolicismo. Sin embargo, sus
posiciones aparecían como las de un obispo aislado, y no como
las del episcopado ya que no contaba con el apoyo total de
éste. Su pensamiento lo llevó a oponerse al hombre fuerte
surgido del golpe de Estado de 1943, el coronel Juan Domingo
Perón. Uno de los motivos tal vez se relacionaba con el
conjunto de medidas implementadas a través de la Secretaría de
Trabajo y Previsión, destinadas a favorecer a los
trabajadores, que era el mismo campo de acción de De Andrea[25]
.
Hacia 1931, el
“Círculo Católico de Obreros de San José” de la ciudad de
Salta, se encontraba en
total decadencia a pesar de los esfuerzos que se realizaban
para su mantenimiento a tal punto que sus socios no pasaban de
30. De allí que en 1935 las autoridades nacionales de los
Círculos ordenaron su intervención. La nueva Comisión
Directiva, producto de esta intervención, creó una agencia de
locaciones a fin de despertar mayor interés en el trabajador,
procedió a reparar el local y emprendió una activa propaganda
en el “ambiente de la vida obrera, ya
muy castigada por la miseria y la desocupación”[26] .
Cuando en el
Congreso Nacional se presentó el proyecto de divorcio, el
Círculo salteño, de acuerdo a instrucciones recibidas,
organizó una serie de conferencias públicas referidas a la
familia. Por otra parte, se acrecentó el capital existente en
caja con las cuotas de los nuevos socios, con los intereses de
la Caja de Ahorros del Banco Provincial de Salta, donativos
conseguidos y en concepto de actividades recreativas. Así, con
la intervención, los ingresos aumentaron de $ 181,75 en 1931 a
$ 3096,35 en 1935; pero como los egresos fueron casi en igual
cantidad, el saldo en 1936 sólo fue de $ 96,13 y los socios
ascendieron a 90.
Entre 1941 y
1949, de acuerdo a las Actas de Sesiones del “Círculo Católico
de Obreros de San José”, existieron 283 socios: 272 argentinos
y 11 extranjeros (6 bolivianos, 3 españoles, 1 italiano y 1
turco), todos varones; en general artesanos y algunos
profesionales. El rubro mayoritario correspondía a empleados
con 124 socios, siguiendo en cantidad: 19 albañiles,15
jornaleros, 12 mecánicos, 11 choferes, 10 carpinteros, 10
pintores, 8 peluqueros, 5 herreros, 4 plomeros, 4 sastres, 4
estudiantes, 3 abogados, 3 electricistas, 3 tipógrafos, 2
cocheros, 2 hojalateros, 2 tallistas, 2 músicos, 2 sacerdotes,
2 talabarteros, 2 mosaiquistas, 2 zapateros, 2 ingenieros y
con una unidad: mozo, obrero municipal, tapicero, abastecedor,
enfermero, telefonista, telero, sombrerero, peón, comerciante,
industrial, linotipista, revistero, labrador, maestro normal,
obrero, relojero, tornero, farmacéutico y pintor de letras.
El “Círculo
Católico de Obreros de San José” no logró concentrar un gran
número de adherentes en relación a la población de la ciudad
de Salta, a pesar de los esfuerzos por difundir sus ideas.
Sus
integrantes fueron casi en su totalidad artesanos, ya que
existía un escaso desarrollo industrial urbano. En general las
huelgas declaradas fueron solucionadas entre patrones y
empleados, sin la intervención de la Iglesia.
Las mencionadas Actas de Sesiones también ponen de manifiesto
que entre los años 1941 y 1949: se admitieron menores de 13 y
14 años con autorización de los familiares; se respetaba
estrictamente la edad máxima de 50 años, hubo casos en que
pretendieron ingresar pero fueron rechazados, después de ser
examinados por el médico; se registraban atraso en el pago de
cuotas funerarias y del Círculo, se dieron numerosas bajas por
acumulación de mensualidades impagas que iban desde una a
diez; se aplicó apercibimiento a socios por la conducta
observada en un banquete; los visitadores de enfermos (no eran
médicos), fueron requeridos diariamente, sin embargo los
socios se quejaban por falta de atención médica; también se
creó una escuela para adultos y participaron de los congresos
nacionales de los Círculos.
En 1942 se
autorizó la creación de la “Sección Mutualista Femenina del
Círculo” y al mismo tiempo se aprobó la correspondiente
Reglamentación que era similar en algunos aspectos a la que
regía para los varones, debía ser obrera católica, presentar
una solicitud acompañada de la autorización del padre o
esposo, gozaba de todos los beneficios mutualistas y derechos
electivos. Pero recién el 1948 comenzaron los trabajos
preliminares para su concreción.
Durante el peronismo, el Círculo recibió subsidios para su
funcionamiento. Al mismo tiempo, diputados y senadores
salteños gestionaron en el Congreso Nacional, recursos para
la construcción de casas económicas para obreros y para la
ejecución de la sede social.
A
mediados de década del cuarenta el “Círculo Católico de
Obreros de San José” se encontraba en plena decadencia pero
siguió subsistiendo.
“Juventud
Obrera Católica” (J.O.C.),
En nuestro
país comenzó a organizarse la Juventud Obrera
Católica (J.O.C.),
inspirada en la obra del sacerdote belga Joseph Cardijn, como
sección especializada del apostolado fuera de la rígida
estructura de la Acción Católica. Tenía como finalidad la
formación de grupos de obreros, a partir de los cuales se
desarrollaría el sindicalismo católico. La J.O.C. introdujo un
importante cambio en la Acción Católica Argentina: en lugar de
mantener una base organizacional fundada en la edad y en el
sexo, la nueva sección establecía un criterio de clase y
ámbito de actividad. El proyecto fue muy bien recibido por las
nuevas generaciones de cuadros católicos que buscaban una
aplicación renovada de la doctrina social de la Iglesia[27] .
Las J.O.C., al igual que los Círculos, se crearon en distintas
provincias de la república.
El 10 de
noviembre de 1938 el Arzobispo de Salta, Monseñor Roberto J.
Tavella promulgó un decreto por el cual se formaba el Centro
de la “Juventud Obrera Católica”. La declaración de
principios que regía a esta institución constituía la línea
medular de comportamientos para asegurar su desarrollo, evitar
desuniones, enfrentamientos y dependencias foráneas. Dicha
declaración establecía que se debía seguir el espíritu y la
organización de la J.O.C belga, pero adoptando sus formas a
las conveniencias locales. La institución salteña quedaba
adherida a la Acción Católica Argentina, con la que debía
mantener una estrecha unión[28] .
Monseñor
Tavella se proponía iniciar una obra de formación de líderes
obreros capacitándoles doctrinariamente en las enseñanzas
sociales de los papas León XIII y Pío XI. Esos obreros
proporcionarían a los demás la conciencia de sus derechos y
deberes para elevar su dignidad dentro de la justicia social.
Sostenía que esta entidad constituía la más segura garantía
contra el comunismo. Al poco tiempo se formaron círculos de
estudio: uno para preparación de aspirantes y otro para
formación de dirigentes y también como lugar de encuentros y
esparcimiento.
El mismo
arzobispo había creado con anterioridad el Centro de Estudios
Sociales para obreros, que le proporcionó las bases para la
J.O.C. Asimismo, efectuó dos designaciones: al sacerdote
jesuita Tiburcio Ispizua como asesor de la J.O.C., quien con
anterioridad había tenido fuertes contactos con la
organización internacional de Bélgica y al P. Tomás Igarzábal
como colaborador, por considerarlo experto en la problemática
local.
El Pbro.
Ispizua desplegó una intensa campaña de concientización sobre
las ventajas de las asociaciones de trabajadores siguiendo los
dictados de la Doctrina Social de la Iglesia. En este sentido,
implementó una serie de conferencias en el mismo local donde
funcionaba el “Círculo de Obreros de San José”. Las dos
organizaciones compartían el lugar sin ningún tipo de
conflictos. El Círculo continuaba con sus funciones
mutualistas y recreativas, mientras que la J.O.C. bregaba por
la formación de sindicatos dirigidos por
la Iglesia
salteña.
En una extensa
conferencia el Pbro. Ispizua, después de leer algunos pasajes
de la Encíclica de León XIII, expresaba
Cuando
(...) el liberalismo económico condujo a la humanidad al
desastre más espantoso en el aspecto económico-social, se
produjeron simultáneamente dos reacciones: la marxista y la
católica. Estas dos reacciones han ido adquiriendo, cada una
en su respectivo campo, un gran incremento. Es un hecho
innegable que el marxismo ha llegado a adquirir el carácter
de un movimiento social de una envergadura formidable. Pero
también es un hecho que la reacción católica ha producido una
gran revolución de ideas en los medios católicos, creando una
gran corriente a favor de la clase trabajadora y en contra del
abuso del capitalismo. Gran número de católicos han ido
apareciendo al frente del movimiento obrerista, y a quienes se
ha dado en llamar “católicos sociales[29] .
Reconocía dos
reacciones frente al liberalismo: la marxista y la católica y
el crecimiento de ambas. Pero resaltaba la importancia de los
católicos sociales en su lucha por la dignidad del trabajador,
contra los atropellos del capitalismo. Se proponía desvirtuar
las acusaciones que pesaban sobre la Iglesia católica por
haber comenzado a protestar contra esos abusos sólo cuando vio
que el marxismo avanzaba y no antes.
En la ciudad
de Salta, se tildaba de “comunista” o “anarquista” a los
vascos que habían luchado contra el General Franco en España.
De allí que al Pbro. Ispizua lo calificaban de “comunista”,
por el solo hecho de ser vasco. Este sacerdote sostenía que
era imposible pretender llenar las iglesias con obreros,
cuando éstos estaban preocupados en llevar el pan a sus
hogares; era necesario que tuvieran seguridad en las empresas
y un salario digno. Para ello la Iglesia debía salir a buscar
a los obreros, organizarlos y formar un gran frente de lucha.
En el local de San José instaló un restaurante donde comían
los trabajadores y se formaban los sindicatos. Por estos
motivos fue acusado de esconder comunistas y revolucionarios.
Posteriormente se tuvo que ir de la provincia[30] .
A medida que
las actividades económicas se complejizaban y aumentaba la
población, fueron surgiendo una serie de gremios impulsados
por la Iglesia. En esta tarea tuvo un rol fundamental el Pbro.
Ispizua con su política obrerista, su colaborador, el P.
Igarzábal y el periodista Ramiro Escotorín (socialista).
Sus objetivos apuntaban a concienciar a los trabajadores en
asociarse para velar por sus intereses.
Las prédicas
dieron sus frutos y fueron conformándose Sindicatos Obreros
Cristianos, de los cuales Ispizua actuaba como asesor.
Surgieron los siguientes sindicatos cristianos: del Transporte
Automotor, (comprendía metalúrgicos, mecánicos, camioneros,
boleteros, chóferes de ómnibus y de particulares, lavadores y
engrasadores), del Vestido, Artes Gráficas, Obreros
Municipales, Empleados de Comercio, Empleados de Oficinas,
Empleados de Y.P.F., Empleados de Luz y Fuerza, Empleados
Panaderos, Periodistas, del Vestido y de la Aguja,
Espectáculos Públicos, de la Carne, del Cuero, Telefónicos y
de Servicios Domésticos[32] .
El 1 de mayo
de 1943 con la presencia de Ispizua y de su colaborador, los
sindicatos cristianos reunidos en la Iglesia de San José
constituyeron la “Confederación de
Trabajadores Cristianos” de Salta (C.T.C.)[33]
y nombraron a Arturo Pacheco como presidente de la misma.
Pacheco se desempeñaba como secretario general del Sindicato
Cristiano del Transporte.
La
Confederación fue aprobada con beneplácitos por el Arzobispo
Tavella. Anteriormente, se habían creado por impulso del mismo
Arzobispo la Federación de Maestros Católicos, la Asociación
de Empleadas Domésticas de la Parroquia de La Merced, el
Consorcio de Médicos Católicos, la Federación de Asociaciones
Profesionales Católicas de Enfermeros. Tavella era calificado
por la prensa opositora como solidario con el conservadurismo,
enemigo del radicalismo, totalitario y admirador del General
Franco[34]
.
Según
expresiones de Arturo Pacheco, en 1943 la C.T.C. había logrado
asociar cerca de 4.500 trabajadores. Esto pone de manifiesto
el crecimiento de la acción sindical a partir de la Iglesia.
Paralelamente existieron gremios independientes.
Si se
consideran las organizaciones católicas que fueron emergiendo
por acción de la Iglesia, se puede decir el “Círculo Católico
de Obreros de San José”, difundió entre los trabajadores la
idea mutualista, aunque no contó con muchos adeptos, de
acuerdo a los datos recogidos. Por su parte, los dirigentes de
la J.O.C.
tuvieron más éxito en la tarea de organizar los sindicatos
cristianos. La C.T.C. abrió el camino para la futura
sindicalización.
Sindicatos
independientes
Las historiadoras Myriam Corbacho y Raquel Adet
efectuaron una importante publicación[35] ,
en la cual hacen referencia a los sindicatos independientes
existentes en Salta. Este apartado se basará en esa
investigación. Las autoras afirman que a partir de la segunda
década del siglo XX, paralelamente a los sindicatos
cristianos, surgieron otros de carácter independientes que
tomaron el nombre de sus respectivos oficios.
En el año 1918
se constituyó la Sociedad de Obreros Tranviarios y Anexos, que
estaba constituida, según los dichos de su primer presidente,
Juan Salvatierra, por socialistas, comunistas y anarquistas.
El propio Salvatierra era militante del Partido Comunista.
El
gremio de Repartidores de Leche agrupaba a más de trescientas
personas y sus familias. En 1935 entró en vigencia una ley que
obligaba a los productores, entregar la leche a la planta
pasteurizadora “La Salteña”, instalada recientemente. Los
repartidores a domicilio se veían perjudicados por esta medida
y, en defensa de sus tradicionales fuentes de trabajo,
decidieron vender leche sin pasteurizar. El 14 de junio de ese
año decretaron una huelga que contó con el apoyo de otros
sindicatos y de estudiantes secundarios. Provocaron una
movilización que paralizó toda actividad en la ciudad y
terminó con la detención de setenta lecheros. Sin embargo,
quienes se manifestaron no tenían una definida conciencia de
clase.
El
Sindicato de la Construcción reunía a trabajadores de diversas
ramas: albañiles, ladrilleros, empapeladores, pintores,
marmoleros, mosaiqueros, plomeros, carpinteros, herreros,
vidrieros y electricistas. La heterogeneidad de los oficios se
correspondía con un verdadero mosaico de ideologías, siendo
fuerte la presencia del marxismo. La ausencia de
unidad impedía reclamar al gobierno reivindicaciones
laborales y ocupar espacios importantes, sobre todo por el
número de sus integrantes.
En
1941 por iniciativa del Sindicato de Obreros Plomeros, se
conformó en la ciudad de Salta, la filial de la Federación
Obrera Nacional de la Construcción (FONC). Este hecho produjo
enfrentamientos entre los dirigentes de las distintas ramas y,
a pesar de la unificación en una entidad centralizada,
internamente siguieron funcionando como antes.
El
Centro de Empleados y Obreros de Comercio, adherido a la
Federación Nacional, se destacaba por su espíritu de lucha y
disciplina sindical. Sus objetivos tendían a mejorar la
situación de sus afiliados y a actuar como bolsa de trabajo.
En 1934 el sindicato consiguió el reconocimiento, por parte
del Poder Ejecutivo provincial, del sábado inglés, con
extensión al personal de hospitales, clínicas, museos,
estaciones de servicio y telégrafos.
En
el Gremio del Transporte estaban incluidos: carreros, aurigas,
choferes, ferroviarios, motormans, guardas de tranvía,
mensajeros y troperos. De acuerdo al censo de 1914,
aproximadamente, mil personas prestaban servicios en el
transporte. Sus trabajadores se vieron afectados por la
llegada del progreso, ya que éste dejaba atrás a una serie de
oficios, que desaparecían silenciosamente, para dar paso a
otros nuevos. En 1918 los conductores de automóviles formaron
su propio sindicato.
Los ferroviarios salteños integraban la Federación Nacional
del gremio. Por las importantes funciones que cumplían, por su
número y disciplina, constituyeron uno de los sindicatos más
importantes de la provincia y, hacia 1929, contaron con una
escuela de capacitación. Se agrupaban en dos: la filial de La
Fraternidad, que reunía a maquinistas y foguistas y la filial
de
la Unión Ferroviaria,
a la que pertenecían el personal de trenes, estaciones,
playas, señales, telégrafos, serenos, talleres,
administración, vía y obras.
La sindicalización en los comienzos del peronismo salteño.
El surgimiento
del peronismo fue determinante para la vida de las
instituciones antes analizadas. El gobierno surgido de la
Revolución de 1943 inició contactos con el presidente de la
C.T.C., Arturo Pacheco, quien no vaciló en colaborar con el
gobierno de facto. La J.O.C. aportó importantes recursos
humanos al nuevo movimiento, que reclutó cuadros sindicales y
políticos en sus filas[36] .
Paralelamente, se buscaba un acercamiento con los sindicatos
independientes.
Sin embargo, el grado de sindicalización en
Salta era muy bajo y los problemas surgidos de la relación
capital y trabajo, cuando eran atendidos, se resolvían entre
patronos y empleados. Si se compara los 4.500 trabajadores
que aproximadamente contaba la C.T.C. hacia 1943, con la
cantidad total de habitantes que la provincia de Salta tenía
en el año 1914 (140.927) y en 1947 (290.826); claramente se
comprueba la incipiente sindicalización.
El decreto-ley de 1945, que reglamentaba la
constitución de las asociaciones profesionales, promovía la
unificación de los sindicatos otorgando importantes
privilegios y la exoneración de cargas fiscales a los que
fueran reconocidos por el Estado. El artículo 22 prohibía la
formación de sindicatos a partir de un criterio religioso,
racial, sexual o de nacionalidad. De allí que el gobierno
militar inició una fuerte cooptación de los sindicatos
católicos.
Esa cooptación en la provincia de Salta, se
concretó, sobre todo con Arturo Fassio, primero a través
de la Delegación Regional de la Secretaría de Trabajo y
Previsión y luego como Interventor Federal. Así se organizó la
“Confederación Gremial Salteña” (C.G.S.) a la que se
fueron integrando la mayoría de los sindicatos de la C.T.C.,
atraídos por la política de Perón en favor de los
trabajadores.
La actividad oficial se intensificó
a partir de 1945 con la llegada del Capitán Héctor Russo,
enviado por Perón con la misión de efectuar inspecciones en la
provincia para verificar el cumplimiento de las leyes
laborales, sobre todo el Estatuto del Peón. También
participaron expertos funcionarios venidos de Buenos Aires y
gremialistas salteños.
Esos funcionarios recorrieron el
interior provincial con claros propósitos: conquistar
sindicatos ya conformados o crear otros donde no existían. De
esta manera difundían las ideas de Perón y hacían que los
trabajadores se familiarizasen con su figura. En realidad,
todo apuntaba a preparar el ambiente político a su favor.
Paulatinamente se fueron estrechando los
vínculos entre los sindicatos y las nuevas autoridades. Un
dirigente de Luz y Fuerza, en 1944, diferenciaba dos momentos
en la historia de su organización sindical. Expresaba que
antes “agremiarse no era fácil (...)
era una aventura difícil. Al dirigente se lo ponía en
observación y lo menos que se le decía era anarquista,
comunista”[37] .
Todo tipo de acción implementada por los trabajadores para
conseguir conquistas laborales era vista por los sectores
dominantes como actos de las organizaciones comunistas. Los
contactos se hicieron más intensos al punto que algunos
dirigentes sindicales viajaron a Buenos Aires para
entrevistaron con el Coronel Perón.
La cooptación
de “Confederación de Trabajadores Cristianos” (C.T.C.) fue muy
importante ya que el Partido Laborista de Salta, constituido
el 23 de noviembre de 1945, se hizo a partir de la
“Confederación Gremial
Salteña” (C.G.S.) y
los nuevos sindicatos.
Era evidente la iniciación de una nueva etapa en la historia
del sindicalismo salteño.
Consideraciones
finales
Los católicos
sociales desempeñaron un rol significativo, a través del
“Círculo Católico de Obreros de San José” y de la “Juventud
Obrera Católica”, en la propagación de la doctrina social de
la Iglesia. Estas entidades se desempeñaron como centros
mutualistas y recreativos; pero también tuvieron a su cargo la
difusión de las ideas sindicales, aunque bajo tutela de la
Iglesia.
Es decir, se
sembró en los trabajadores la necesidad de agremiarse para
luchar por el mejoramiento de su situación. Si bien las
acciones logradas por la Iglesia sólo alcanzaron a un número
reducido de trabajadores, se sentaron las bases para la
sindicalización emprendida por el gobierno militar surgido del
golpe de Estado de 1943.
Los sindicatos
católicos tenían un carácter paternalista, ya que estuvieron
dirigidos por las autoridades eclesiásticas. La llegada del
peronismo significó la desaparición de la mayoría de estos
sindicatos y su ingreso a la nueva política obrerista
practicada desde el Estado. Es decir, los trabajadores
sindicalizados en un primer momento estuvieron bajo la tutela
de la Iglesia y luego pasaron a depender del Estado peronista.
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Argentina (1943-1955)
(Buenos Aires: Ariel, 1995): 41.
Recién
en el año 1921 el gobernador radical Joaquín Castellanos
presentó el proyecto de la denominada “Ley Güemes” de
protección de los trabajadores. El mensaje con que elevó a
la Legislatura es significativo por cuanto desnuda el
estado de miseria de los trabajadores, los abusos de que
eran objeto, la incidencia de éstos en su salud y
rendimiento laboral. Por esto pretendía “establecer una
justa armonía en las relaciones del capital y el trabajo”
y marchar “hacia nuevos destinos de justicia y
solidaridad social”. Contemplaba lo referido a los
contratos de trabajo, horarios de la jornada laboral,
salarios, accidentes de trabajo, reglamentación del
trabajo de mujeres y niños, entre otras cuestiones.
Memoria del Ministro Julio J. Paz (Salta: Imprenta
Pascual y Baleiron de las Llanas, 1921).
Paralelamente se creó el Departamento Provincial del
Trabajo (1921), cuyo objetivo fundamental era la defensa
del trabajador ante el incumplimiento de las medidas
vigentes. Las iniciativas de Castellanos no dieron
resultado por cuanto la provincia fue intervenida el mismo
año 1921 y como la ley tocaba intereses de los sectores
dominantes, fue dejada de lado.
Lila Caimari, Lila, Perón y
la
Iglesia católica. Religión, Estado y sociedad en la
Argentina (1943-1955)
(Buenos Aires: Ariel, 1995)
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